Como un fiel imantado por la luz y el tiempo, Mario Moreno Zazueta es dueño de esa vasta serenidad ardiente de la pasión artística. Lejos del artilugio difrangente, su arte es fruición que explora el gozo ascendente y la quietud profunda como una exaltación encendida para la imagen y el símbolo, por la sombra y el silencio, por el murmullo y la palabra.  En esta retrospectiva, el trazo suave y el color umbrío son expresión de su callada errancia para escuchar universos y sonidos extraviados: oquedades siderales y sueños olvidados, naturalezas interiores y vigilias nimbadas por la noche, utopías infatuadas por el tiempo, naturalezas perturbadas por el dolor, antropoides y seres cimbrados por el brillo fugaz del espejo y el mundo, milagros sólidos y distintos, cuerpos que se ofrecen a las miradas interiores, plenitudes en el umbral del tiempo.
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La narrativa adjetivada en México Imprimir E-Mail
Por Imanol Caneyada   

Quisiera, a la manera de los dramaturgos del siglo de oro —quienes, antes de la función, se disculpaban frente al auditorio por los posibles errores— justificar los propios con aquello de que el mío no es un caso de erudicción literaria sino, sobre todo, de pasión desordenada, sin método ni concierto, que tiene que ver más con el espíritu del corsario byroniano que con el estructuralismo francés (lo que sea que esto signifique) o el psicoanálisis. Es decir, que si tuviera que elegir entre Swift o Milton, preferiría viajar con Gulliver que perderme en el paraíso; y si la disyuntiva se presentara entre Zola o Dumas, me quedo con el artesano folletón de este último; y claro que celebro presto el Quijote de Cervantes mucho antes que el de Unamuno.

    Después de esta coartada para mi ignorancia, disfrazada de declaración de principios, queda claro entonces que mi enfoque sobre el tema a tratar, éste de la narrativa con adjetivos, es ante todo un enfoque de lector compulsivo, de público de plaza juglaresca.

    Primero debo especificar a qué me refiero con esto de narrativa adjetivada. Para ello, recurriré a Bioy Casares, quien en el prólogo a sus Historias fantásticas comenta lo siguiente: «Porque soy conocido como un autor de historias fantásticas, sé que hay algo en la palabrita que parece prevenir al lector sobre la irracionalidad de los hechos narrados. Durante mucho tiempo con Borges la usamos con algún recelo. Nos sugería la imagen de una señora lanzando gritos de placer: ¡Fantástico!¡Fantástico! Me pregunto si tanto yo como Borges y Cortázar no seremos culpables de una moda literaria, que aburrirá a futuros lectores. Enseguida recapacito y me digo que es difícil que esto ocurra, porque toda literatura es fantástica. En definitiva, creo que los escritores pertenecemos a la familia de aquellos muchachos de El Cairo que entraban en los bares y les contaban a los parroquianos, a cambio de unas monedas, las historias de Las mil y una noches».

    Disculpen tan larga cita, pero así lo creí necesario para adentrarnos en los avatares de la literatura de género en México (como la entiende Gabriel Trujillo), es decir, en la narrativa policiaca, fantástica y de ciencia ficción.

    ¿Debe la literatura llevar adjetivos que la maticen y, en algunos casos, la denosten? En lo personal, concuerdo con Bioy Casares en que no. Sin embargo, en México, solemos ser propensos al calificativo que no solamente describe, sino que carga de intenciones y sobre entendidos cuando se trata de aplicárselo al cuento o a la novela. Mi limitada experiencia en este terreno me ha permitido constatar que entre iniciados, críticos e iluminados de la república de las letras de este país, es decir, el mainstreim, existe un cierto desdén, desprecio incluso; recelo propio de hidalgos frente al arribista plebeyo. Hasta de géneros menores los han tratado a los pobres, con todo lo que esto implica. De hecho, si pensamos en una literatura fantástica, de ciencia ficción o policiaca mexicanas, es inevitable asociarlo con cierta marginalidad, con cierto sentimiento unthergrown, una especie de off off Brdoway; un terreno pantanoso donde pocos se adentran de manera definitiva y estos pocos no dejan de despedir cierto halo de locura, de irracionalidad.

«Si la literatura policiaca es ninguneada en el mismo centro del país, ¿qué pueden esperar los escritores regionales del género?», nos advierte Juan Carlos Ramírez Pimienta en su estudio sobre la literatura policiaca del norte y la frontera.

Los invito ahora a echar un vistazo a las letras anglosajonas. Entre sus clásicos, entre sus orgullos, en sus ateneos para la gloria y la posteridad, se pavonenan indolentes y satisfechos autores de culto de la literatura de género como Louis Stevenson, Lewis Carol, Arthur Conan Doyle, Aldos Uxley, George Orwel, Edgar Allan Poe o el propio Lovecraft. Ahora bien, si lo anterior no basta, podemos viajar a Francia para disfrutar de los desbordados faustos de los que fue objeto el año pasado Julio Verne, con motivo del centenario de su muerte. Y sería conveniente recordar que el pueblo galo eligió como el mejor libro del siglo XX escrito en francés a El principito, un relato que le apuesta a la fabulación y a la parábola como elementos fundamentales.

Por el contrario, en los parnasos de la literatura mexicana, al margen de las letras de oro, incomprendidos y silenciados, vegetan escasos ejemplos de literatura de género consagrada: Los bandidos de Río Frío, de Manuel Payno y el capítulo del Periquillo Sarniento que nos remite a una región utopica-fantástica, poco más. Cierto es que muchos de nuestros consagrados autores han coqueteado con la narrativa de género, sin embargo, la tan ansiada inmortalidad, esa por la que los escritores están dispuestos a vender alma y diablo, no la han logrado a causa de sus textos policiacos, fantásticos o de ciencia ficción, los cuales, cuando mucho, se quedan en el anecdotario. Y es que en México difícilmente nos atreveríamos a consagrar en los solemnes altares clásicos a un autor que relatara un hipotético viaje a la luna o una posible invasión extraterrestre. No obstante, las obras de este tenor existen, como la del padre yucateco Manuel Antonio de Rivas, quien plantea en su Sizigias y cuadraturas lunares una visita al satélite terrestre en pleno siglo XVIII.

La pregunta es obligada: ¿por qué?

¿México no es un país de ciencia? ¿No se cometen crímenes aquí? ¿No es éste un país fértil para el mito y la magia? Las anteriores posibles explicaciones aparecen entre interrogantes porque no considero que tengan la contundencia requerida. Dos hipótesis me provocan más para resolver el enigma; dos hipótesis que tienen que ver con herencias europeas parciales.

La primera (el orden lo impone la cronología) está relacionada con el recalcitrante realismo de la literatura española, tanto en la Edad Media como en el Renacimiento. Mientras que en Alemania el cantar de gesta –precursor de la novela— se forjaba entorno a los Nibelungos y en Francia e Inglaterra bebía del ciclo bretón y los caballeros de la mesa redonda, en España, el Mío Cid se distinguía por su sobrio apego a la realidad de un personaje cuya existencia está documentada. Ya en el siglo XVI, las letras ibéricas le regalarían al mundo ese ejemplo de radiografía social, La Celestina; al mismo tiempo, los galos nos obsequiaban la celebración del exceso literario, del delirio, con Gargantua y Pantagruel. Un siglo después, la novela picaresca –cuyo realismo raya en lo grotesco— alcanzaría su cénit, pero las letras sajonas, a finales del mismo siglo, responderían a este encadenamiento a la realidad con los fantásticos viajes de Gulliver. Hay que recordar que la obra cumbre de la las letras españolas, originalmente, no pretendía ser más que una ridiculización de la novela de caballería, es decir, del mundo de dragones, magos y gigantes. Esta dictadura de la realidad es pues una herencia castiza que en las letras mexicanas se arraigaría, en parte, por el desprecio de las literaturas autóctonas (a diferencia de los anglosajones con el mundo celta), en parte, porque la crónica iba a convertirse en la literatura fundacional novohispana.

La segunda hipótesis parte de la determinante influencia que tuvo el siglo de las luces en las independencias latinoamericanas. La figura del intelectual como la entendemos hoy en día se cristaliza en la ilustración, figura que las incipientes naciones americanas adoptaron de manera automática. Una presencia en la vida pública que se convierte en un indicador y, en el mejor de los casos, en un crítico de la realidad política y social. El escritor ya no es más un juglar, un simple contador de historias, o mejor dicho, ya no es únicamente un heredero de Scherezada, sino que se erige en un faro de racionalidad en medio de la oscura fundación de naciones como la de México. Esta condición de esclavo del entorno va a permear de manera clara en la concepción de la literatura como un instrumento socializante y moralizador pero —a diferencia de otras literaturas— siempre desde la realidad absoluta. Baste para comprobar lo anterior un vistazo a la obra y a la vida de nuestros escritores del siglo XIX., de nuestros novelistas de la revolución y de nuestros narradores de vanguardia. Creo que las excepciones confirmarían la regla.

En pleno siglo XXI, la narrativa de género en México subsiste en la marginalidad, en circuitos minoritarios y se antoja imposible el surgimiento de autores como Tolkien, Lecarré o Asimov. Y no me refiero en cuanto a la calidad, sino en cuanto a la profusión y difusión de este tipo de obra. Sin embargo, soy un convencido de que si le regresamos al narrador su original papel juglaresco, de contador de historias, recuperaríamos los lectores perdidos (muchos en este país), lectores que, por ejemplo, tuvo por doquier el folletón Los bandidos de Río Frío. ¿Que les suena a afrenta a los mandarines de las letras mexicanas? Yo les respondo que Lancelot y Parsifal todavía cabalgan en las pulsiones trovadorescas de nuestro tiempo mientras que la perfección formal del Mester de Clerecía huele a cadáver. ¿Quién dijo aquello de que las obras que en nuestros días son clásicas, en su tiempo, se trataba de literatura de consumo popular y que los textos eruditos no pasaron la prueba de los siglos? Lástima, no lo recuerdo.

            
Imanol Caneyada (San Sebastián, España, 1968). Obtuvo en 2003 el premio Sizigias, de la Asociación Mexicana de Ciencia Ficción y Fantasía A.C., por el libro “Historias de la gaya ciencia ficción”, obra editada por el Instituto Sonorense de Cultura que ganó el Concurso del Libro Sonorense 2001 en el género de cuento. Radica en San Luis Río Colorado, donde dirige el Instituto Kino.

 


¿cuál disciplina artística de sonora tiene mayor reconocimiento a nivel nacional?
 

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